22 microrrelatos que no te dejarán indiferente

Los microrrelatos (o microcuentos) están de moda. Y es comprensible, ¿a quién no le gusta descubrir una nueva historia en unas pocas frases? Algunos microrrelatos incluso llegan a contar con una sola frase. El único requisito: que sea autoconclusivo. Estos cuentos en miniatura resultan fascinantes por todo lo que transmiten en tan pocas palabras, pues la mayoría de ellos ocultan un trasfondo político, religioso o reivindicativo. No es solo una historia breve; es un pensamiento, una reflexión del autor. Pocas palabras que hablan de mucho.

¿Cuál es tu favorito? ¿Te atreves a escribir tu propio microrrelato?

22 microrrelatos que no te dejarán indiferente

Un Sueño, de Jorge Luis Borges

En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe, en caracteres que no comprendo, un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

Final para un cuento fantástico, de I.A. Ireland

-¡Que extraño! -dijo la muchacha avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada!
La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! -dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos han encerrado a los dos!
-A los dos no. A uno solo -dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.

Una inmortalidad, de Carlos Almira

El poeta de moda murió, y levantaron una estatua. Al pie grabaron uno de los epigramas que le valieron la inmortalidad y que ahora provoca la indiferencia o la risa, como la chistera, el corbatín y la barba de chivo del pobre busto. El Infierno no es de fuego ni de hielo, sino de bronce imperecedero.

Las gafas, Matías García Megías

Tengo gafas para ver verdades. Como no tengo costumbre no las uso nunca.
Sólo una vez…
Mi mujer dormía a mi lado.
Puestas las gafas, la miré.
La calavera del esqueleto que yacía debajo de las sabanas roncaba a mi lado, junto a mí.
El hueso redondo sobre la almohada tenía los cabellos de mi mujer, con los rulos de mi mujer.
Los dientes descarnados que mordían el aire a cada ronquido, tenían la prótesis de platino de mi mujer.
Acaricié los cabellos y palpé el hueso procurando no entrar en las cuencas de los ojos: no cabía duda, aquello era mi mujer.
Dejé las gafas, me levanté, y estuve paseando hasta que el sueño me rindió y me volvió a la cama.
Desde entonces, pienso mucho en las cosas de la vida y de la muerte.
Amo a mi mujer, pero si fuera más joven me metería a monje.

La carta, de Luis Mateo Díez

Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el portafolios y, antes de comenzar la tarea diaria, escribo una línea en la larga carta donde, desde hace catorce años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio.

El gesto de la Muerte, de Jean Cocteau

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.

Abril, de Beatriz Alonso Aranzábal

Me senté en la última fila del autobús escolar, suplicando baches. Por fin salíamos de excursión toda la clase, y mis compañeras se regocijaban en sus asientos, mientras piropeaban al conductor. La profesora decía que la primavera no tiene remedio. Unos días antes yo había hecho el amor por primera vez. Sin precauciones.

Ángeles, de Espido Freire

Apostados cada uno en una esquina de la cama le veían cada noche rezar y dormir. Una vez quisieron mostrarse. El niño rompió a gritar y su madre trató de convencerle de que los monstruos no existían. Ellos bajaron la cabeza, avergonzados, y ocultaron su fealdad tras sus alas.

La tacita, inédito de José María Merino

He vertido café en la tacita, he añadido la sacarina, remuevo con la cucharilla y, cuando la saco, observo en la superficie del líquiedo caliente un pequeño remolino en el que se dispersa en forma elíptica la espuma del edulcorante mientras se disuelve. Me recuerda de tal modo una galaxia que, en los cuatro o cinco segundos que tarda en desaparecer, imagino que lo ha sido de verdad, con sus estrellas y sus planetas. ¿Quién podría saberlo? Me llevo ahora a los labios la tacita y pienso que me voy a beber un agujero negro. Seguro que la duración de nuestros segundos tiene otra escala, pero acaso este universo en el que habitamos esté constituido por diversas gotas de una sustancia en el trance de disolverse en algún fluido antes de que unas gigantescas fauces se lo beban.

Sueño de la mariposa, de Chuang Tzu 

Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

El Pozo, de Luis Mateo Díez

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa. Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior. «Este es un mundo como otro cualquiera», decía el mensaje.

La clepsidra, de Javier Puche

Perseguido por tres libélulas gigantes, el cíclope alcanzó el centro del laberinto, donde había una clepsidra. Tan sediento estaba que sumergió irreflexivamente su cabeza en las aguas de aquel reloj milenario. Y bebió sin mesura ni placer. Al apurar la última gota, el tiempo se detuvo para siempre.

El nacimiento de la col, de Rubén Darío

En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda rosa nueva en el momento en que ella tendía, a la caricia del celeste sol, la roja virginidad de sus labios.
-Eres bella.
-Lo soy -dijo la rosa.
-Bella y feliz – prosiguió el diablo-. Tienes el color, la gracia y el aroma. Pero…
-¿Pero?…
-No eres útil. ¿No miras esos altos árboles llenos de bellotas? Ésos, a más de ser frondosos, dan alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es poco…
La rosa entonces –tentada como después lo sería la mujer- deseó la utilidad, de tal modo que hubo palidez en su púrpura.
Pasó el buen Dios después del alba siguiente.
-Padre –dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza-, ¿queréis hacerme útil?
-Sea, hija mía –contestó el Señor, sonriendo.
Y así vio el mundo la primera col.

La sentencia, de Wu Ch’eng-en

Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo.
Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperador lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido.
Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes, que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron:
-¡Cayó del cielo!
Wei Cheng, que había despertado, la miró con perplejidad y observó:
-Qué raro, yo soñé que mataba a un dragón así.

Literatura, de Julio Torri

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.
La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.

Temor de la cólera, de Ah’med el Qalyubi

En una de sus guerras, Alí derribó a un hombre y se arrodilló sobre su pecho para decapitarlo. El hombre le escupió en la cara. Alí se incorporó y lo dejó. Cuando le preguntaron por qué había hecho eso, respondió:
-Me escupió en la cara y temí matarlo estando yo enojado. Sólo quiero matar a mis enemigos estando puro ante Dios.

La confesión, de Manuel Peyrou

En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D’Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el Conde.
Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer, en la celda.
-¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D’Orville-. ¿Por qué me llenas de vergüenza?
-Porque soy débil -repuso-. De este modo simplemente me cortarán la cabeza. Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían.

Mensaje, de Thomas Bailey Aldrich

Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.

Tranvía, de Andrea Bocconi

Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. «Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos», pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.
Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.
Dudó. Ella bajó.
Se sintió divorciado: «¿Y los niños, con quién van a quedarse?»

El dedo, de Feng Meng-lung

Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.
-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.
-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro.

El Sueño de un Rey, de Lewis Carroll

-Ahora está soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabes?
-Nadie lo sabe.
-Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?
-No lo sé.
-Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías como una vela.

El Verdugo, de A. Koestler

Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el reino del segundo emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y rapidez al decapitar a sus víctimas, pero toda su vida había tenido una secreta aspiración jamás realizada todavía: cortar tan rápidamente el cuello de una persona que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y finalmente, en su año sesenta y seis, realizó su ambición.
Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa velocidad; las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a subir el patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó con tal celeridad que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió airadamente al verdugo:
-¿Por qué prolongas mi agonía? -le preguntó-. ¡Habías sido tan misericordiosamente rápido con los otros!
Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo:
-Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor.

81 comentarios en “22 microrrelatos que no te dejarán indiferente”

  1. ¡Excelente!

    También me gusta «El Dinosaurio» de Augusto Monterroso:

    “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”

    1. Beatriz Falero

      Sobre ese cuento de Monterroso hay muchísomas versiones, a mí me gusta la que dice: «y cuando despertó, su coche ya no estaba allí»

  2. Las mejores historias de terror son los microrrelatos (en mi opinión). ya que con pocas palabras te puede dar un escalofríos, en mi época de lector de «Creepy pastas» las «mini-pasta» eran mis preferidas. Incluso escribí una que narre en mi canal.

    «Siempre toco la puerta antes de abrir una puerta, a pesar de que vivo solo desde hace 5 años»

  3. Isaac Benavides

    A ver, déjame yo lo intento.
    «Aunque nunca he visto a nadie salir por esa puerta, ni sentarse en esa mecedora, siempre la ve moverse.»

  4. Wow, quedé sorprendido al leer «Final para un cuento fantástico», no lo conocía. En un examen de Gramática Española tuve que cambiarle el final a un cuento («La casa encantada») y lo terminé de manera muy similar.

  5. Actualmente me dedico a escribir relatos breves, pero me topé con un concurso de microrrelatos en el que decidí participar. Descubrí que, por un lado, no es fácil sintetizar una historia, pero por otro, el resultado de la brevedad le da una hermosa característica.

    Este es el microrrelato que escribí para un concurso sobre la primavera:

    Sentía que acababa de nacer y sabía que, en su ausencia, pronto moriría; por eso intentó retenerla. “No temas” –le dijo ella-. “Todo tiene un propósito y nada es en vano. Mi trabajo aquí ha terminado; el tuyo, apenas comienza.” Y se fue la diosa. Y mientras la flor moría a expensas del verano, tenía lugar el fruto del árbol que perpetuaría el ciclo de la vida.

  6. MUERTO

    Ella se alejó feliz de la tumba dónde quedaban enterradas varias cosas inútiles, el marido muerto, el cinturón de él, y el odio de ella.
    Su cuerpo se movía al ritmo de la música nueva que su corazón le cantaba bajito y aunque nadie podía escucharlo, todos podían verlo.
    El ritmo que mueve las caderas de una mujer que camina sin miedo.

    Isabel Salas

  7. Gracias Alex, por tan buena selección de microrrelatos. Felicitaciones por todos lo que tan generosamente compartes en tu blog, tanto para quien ha tenido, tiene o no inquietudes literarias, tu blog es fuente de información y porque no decirlo, de inspiración.

  8. Me encantan. Una elección muy buena 😛 Como escritora de microrelatos te doy las gracias por hacer este tipo de blogs, ya que no solo hacen que las personas pasen un buen rato sino que también fomenta la lectura.

  9. Pedro Querales

    Charles Henry Sanson Jr.
    «Papi, cuando yo sea grande quiero ser como tú» le dijo el niño al hombre. Y salió del cuarto cortando el aire con una espada, o con un hacha imaginaria, que empuñaba con ambas manos.
    El hombre se sentó en la orilla de la cama, donde yacían ordenadamente los aperos de su oficio. Los miró largamente con tristeza y desprecio.Y lloró amarga y silenciosamente.
    El pregón, a todo pulmón en la plaza, del nombre del condenado lo sacó de su dolor. Se levantó y se enjugó las lágrimas. Y lenta y maquinalmente se puso el traje negro y las botas, negras también, que le llegaban hasta las rodillas. Se cubrió la cabeza con la capucha, se echó la filosa y sonriente hacha sobre el hombro y salió para su trabajo.

    Pedro Querales. Del libro «Fábulas urbanas»

  10. Pedro Querales

    Mis dientes
    Mis dientes sobre el lavamanos cancelan la cita y me arrancan lágrimas que se convierten en amargo y convulsivo llanto. Frente al espejo te imagino nerviosa en el centro comercial.
    Aún mojado, ante el celular, no tengo que esperar mucho. Suena, y tu voz de niña me reclama la tardanza. «¡Esto no puede ser! ¡Búscate a un muchacho de tu edad!» Te digo.
    Cuelgo y estrello contra la pared mis dientes y tu suave voz adolescente.
    Sigo llorando, mojado.

    Pedro Querales. Del libro «¿Recuerdas la cayena que te regalé?»

  11. Pedro Querales

    El bombillo del carnicero

    Cuando le tocó el turno a Marco, ya habían pasado tres de los cinco que jugaban. El sonido del tambor al girar —esa era la única regla del juego: que cada uno lo hiciera girar antes de ponérselo en la cabeza—, le recordaba el del rache de su bicicleta cuando le daba a los pedales hacia atrás. A Marco siempre le había gustado correr riesgos: pequeños, grandes o extremos, pero siempre en riesgo. Le pasaron el arma —ni pesada ni liviana, en ese momento eso no se percibe— y le dio con fuerza al tambor. La levantó y se la colocó sobre la sien derecha. Al alzar la cabeza vio el bombillo que mal iluminaba la habitación con su luz amarillenta, y recordó cuando le robaba el bombillo de la casa al carnicero. Fue así como comenzó este vicio por el riesgo y el peligro. “¡A que no le robas el bombillo al carnicero!” le dijeron sus amigos. “A qué sí” les respondió Marco. En la noche, muy tarde, se reunieron frente a la casa del carnicero. Marco salió de entre las sombras y, sigilosamente, se dirigió hacia el porchecito de la vivienda. Unos perros ladraron desde el interior. Marco se detuvo y esperó. Los perros se callaron. Con mucho cuidado y lentamente Marco abrió la pequeña reja de hierro, pero de todas maneras chirrió en sus goznes. Los perros volvieron a ladrar. Esta vez más fuerte y durante más tiempo. El semáforo de silencio le dio luz verde a Marco de nuevo. Se detuvo frente a la puerta de madera y miró hacia abajo: “Bienvenido” decía la alfombra iluminada por la luz que salía a través de la rendija inferior de la puerta. Y pudo escuchar las voces del carnicero y su mujer que se mezclaban con las de la televisión. Respiró profundo y se santiguó. Luego se ensalivó los dedos y aflojó el bombillo. Al apagarse, los perros volvieron a ladrar. Incluso, algunos aullaron. Se detuvo y permaneció así, congelado e inmóvil como una estatua viviente, un largo rato. Lo terminó de sacar y echó el candente bulbo en la especie de hamaca que se formó a la altura de su abdomen al levantarse el borde inferior de la franela. Retrocedió y salió de espaldas, con la luz del bombillo en la sonrisa y el trofeo, ya frío, entre sus manos.
    Al siguiente día Marco tuvo que ir a la carnicería a comprarle unas costillas a su madre. El carnicero estaba furioso. Todo ensangrentado vociferaba y maldecía mientras descuartizaba una res que colgaba del techo. “Si lo llego a atrapar lo despellejo” y hundía el afilado cuchillo y rasgaba la insensible carne. “¡Lo voy a cazar! ¡Sí, lo voy a cazar! ¡Ese vuelve! Pero yo lo voy a estar esperando” Entonces la situación se convirtió en un reto para Marco: el juego del gato y el ratón. Marco esperó un tiempo prudencial, quince o veinte días, y volvió a robarle el bombillo al carnicero. Al otro día se acercó a la carnicería para ver su reacción. Y lo escuchó rabiar: “¡Maldito ladrón! ¡Me volvió a robar el bombillo!” le decía a un cliente mientras le cercenaba la cabeza a un cerdo de un hachazo. Así estuvieron hasta que Marco se cansó de robarle el bombillo al carnicero. Y un día, en la noche, se los dejó todos en una caja de cartón junto a la puerta.
    Los cuatro jugadores, alrededor de la mesa, veían a Marco expectantes. Con el cañón descansando sobre su sien, Marco veía el bombillo —y pensó en la lotería de Babilonia, donde el ganador pierde—, y de repente se apagó.

    Pedro Querales. Del libro «Sol rosado»

  12. Pedro Querales

    …un telescopio
    Tal vez la inocencia sea lo que más fácilmente se abre paso a través del fárrago de este mundo.
    Franz Kafka
    Once hijos

    Mientras le lanzaba piedras y palos al mango que estaba en el centro del oscuro solar, en medio de la noche fría y llena de punticos de luz como los del techo de su cuarto, se quedó contemplando las estrellas, y decidió qué le pediría al Niño Jesús ese año.
    Llegó el 24. Y como todos los años, se dijo y se prometió, firmemente, que este año sí lo esperaría despierto para descubrir quién era realmente el Niño Jesús. Sin embargo, siempre se quedaba dormido en la salita y amanecía en su cuarto. E inmediatamente, se asomaba debajo de la cama y encontraba lo que le había pedido, que, invariablemente, era un carrito de madera con las ruedas de chapas.
    Pero este diciembre, la pequeña radio que un día su papá le había traído a su mamá, único objeto de lujo en el miserable rancho, lo distrajo y le hizo cumplir su promesa.
    La madre, que se había quedado dormida, rendida por el cansancio, se despertó sobresaltada por el llanto de su hijo. Se incorporó, se dirigió hasta el rincón donde estaba el niño chorreando lágrimas que se confundían con el jugo amarillo del mango, y le preguntó: “¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?” Y el muchacho, que con una mano se estrujaba un ojo, le señaló con la otra, donde tenía una fruta a medio comer, la radio. Y le dijo, llorando: “¡Que mataron al Niño Jesús!” En el momento en que el rostro de la mujer se iluminó, como la superficie de un pozo cuando la toca cualquier partícula, con una sonrisa que desapareció apenas esbozada, como las ondas del pozo al llegar a la orilla, el locutor dijo: “¡La hora en su emisora feliz: la una y treinta de la madrigada! Repetimos la información anterior: ¡Hace pocos momentos fue muerto a balazos un hombre en el interior de una tienda! El desconocido no portaba documentación alguna. Solamente se encontró, en uno de sus bolsillos, una carta donde se le pide al Niño Jesús un telescopio… ¡La hora en su emisora feliz: la una y…!”
    Del pecho de la mujer brotó un quejido corto y frágil, como si fuera el último que le quedara dentro, y cayó. Produciendo ese ruido opaco y odioso, como el de las frutas maduras al estrellarse contra la tierra húmeda del solar.

    Autor: Pedro Querales. Del libro “Fábulas urbanas”

  13. Libropsia

    Como sé que cuando me llegue la muerte yo estaré leyendo, mi relación con los libros es muy especial y ritual.
    El rito comienza cuando paso frente a una librería y veo un libro que me gusta. Ese primer contacto es muy fugaz y al paso. A los días vuelvo a pasar. Esta vez más lentamente, pero sin detenerme. Repito esto por lo menos cuatro o cinco veces. Hasta que me decido a entrar. Una vez dentro, no voy directamente hacia el libro que elegí, sino que, parado frente a él, veo los que lo rodean. Tomo uno, el que está justo a su lado, por ejemplo, y lo hojeo. Con el libro abierto ante mis ojos veo por encima de éste al que realmente me interesa. Después de un rato, lo dejó en su sitio y tropiezo, intencionalmente, al que me atrae, al elegido. Éste se cae de su anaquel, yo lo levanto y lo dejo de nuevo en su lugar. Enseguida agarro el que está exactamente encima de él y me alejo. Leyendo la solapa del libro doy una vuelta por los estantes. Desde lejos, a través de los entrepaños, lo veo. Permanece inmóvil y triste en su lugar. Al rato, regreso y dejo el libro sin mirarlo a él. E imprevistamente, de sorpresa, y cuando ya se creía abandonado, lo tomo. Lo agarro firme, pero suavemente. Él se retuerce, voluptuoso, como una mansa y sedosa mascota que se deja sobar y acariciar mientras ronronea entre mis manos cuando le pongo el pulgar en la contratapa y lo deslizo, rápidamente, hacia la tapa. Lo abro y lo huelo. Lo vuelvo a cerrar y leo el título. Y me pregunto: <> Pero no es el título el que me dice si es o no in libro para morir mientras se lee. Es el libro en sí. Porque puede ser un libro como ¿Por quién doblan las campanas? O Muerte en Venecia, y estar seguro que durante su lectura ella no llegará, y lo compro. O puede ser que al ver el libro yo sepa inmediatamente que es un libro como para morir leyéndolo, y lo compro igual. En este caso, lo leo con fruición y rápidamente, para terminarlo antes de que ella llegue.
    Con el libro entre las manos, me dirijo hacia el librero, quien lee cómodamente detrás del mostrador. Le pago y le pregunto: <> El hombre me sonríe sin entender, me da el cambio y se sienta otra vez a leer. Entre sus manos leo el titulo de su libro y salgo con el miedo mío bajo el brazo.

    Autor:Pedro Querales. Del libro «Fábulas urbanas»

  14. anonimatus 2.0

    ¨cuando llega tu muerte¨
    Cuando la puerta del pasillo se abre y comienzas a ver oscuro para siempre, lo unico que ves son tus tragicas pesadillas de niño pequeño.

    Inventado al momento:)

  15. Cuando leí el cuento «el gesto de la muerte de Jean Cocteau, no pude evitar recordar que lei ese mismo cuento, salvando que el personaje era un criado y escapaba a Samarra. Lo firmaba Gabriel Garcia Marquez.
    ¿Quien iba a decir que Garcia Marquez se dedicaba a plagiar microrrelatos? ¿Verdad?

  16. Josthyn yssay Alfonzo Moreno

    Todos nuestros errores se aprende de una manera sencilla y de mayor rendimiento ya que algunos no tienen a nadie que los controle que le digan lo que tienen que hacer prácticamente ya todo se fue al olvido

  17. gabriela godoy

    ESte es un plagio de El libro de Arena o alguno de los relatos de Jorge lUis Borges…
    Mensaje, de Thomas Bailey Aldrich
    Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.

    Por favor, revean lo que han publicado.

  18. Luis Manteiga Pousa

    Cuando salió por ese agujero por el que se viene a este mundo le estaban esperando un policía, un psiquiatra, un juez, un neurologo y un cura. Al parecer, durante el embarazo, había asimilado a su hermano gemelo y las autoridades querían saber si el bebé venía al mundo con la simiente del mal en él o no y que medidas había que tomar. Esta historia se la contaron sus padres cuando llegó a la adolescencia y a él le pareció un poco rara. Pero con los años, viendo las cosas que pasaban en el mundo, ya no se lo parecía tanto-

  19. Luis Manteiga Pousa

    Empezaron a echarle tierra encima. Pudo ver a los más viejos del clan en primera fila, como era ley, al lado de su tumba. Por un momento tuvo un asomo de rebeldía. ¿Porqué tengo que morir siendo tan joven?.¿Porqué no alguno de los viejos?. Pero pronto se calmó. Así eran las cosas y así tenían que ser. Así era desde tiempos inmemoriales. De repente. notó que comenzaba a tener dificultades `para respirar, No tardó mucho en sentir ya la tierra sobre su cara. Dirigió una última mirada al clan. Y cerró los ojos. Poco a poco fué sintiendo, con una sensación extraña, que se iba, que se iba. Y se fué.

  20. Cuando aquel hombre me sonrió, mostrando un gran diente dorado, dudé de si realmente estaba en la consulta del dentista o en una joyería.

  21. Luis Manteiga Pousa

    Yo ya había oído que durante la Revolución Francesa, cuando guillotinaban a alguién, la cabeza, ya desprendida del cuerpo, aún decía algunas palabras. Pero, en mi caso, me parece que he hablado demasiado.

  22. Luis Manteiga Pousa

    Cuando aquel hombre me sonrió, mostrando un gran diente dorado, dudé de si estaba en la consulta del dentista o no.

  23. A mí me gustan mucho estos dos:

    Mensaje, de Thomas Bailey Aldrich
    Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.

    Sueño de la mariposa, de Chuang Tzu
    Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

    🙂

  24. «Lo podéis ver por ahí, al hombre ese, por la ciudad y su comarca, dandoles conversación, hablandoles de quién sabe que a gente que va quién sabe donde». Un saludo.

  25. No debería haber escrito ninguno. Mi mejor microrrelato hubiese sido dejar la hoja en blanco, o en el color que tuviese.

  26. Aquel hombre repite las cosas varias veces. Aquel hombre repite las cosas varias veces. Aquel hombre repite las cosas varias veces.

  27. Luis Manteiga Pousa

    Dando vueltas por la ciudad es muy probable que no llegues a conocer a nadie pero es posible que te conozcas un poco más a ti mismo.

  28. Luis Manteiga Pousa

    Todos los caminos conducen a la decadencia. Pero no todos son igual de válidos. Y hay que intentar disfrutar del camino.

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